“He aprendido a amarme sola”
Alison
Lapper, una pintora sin brazos. La vida no le ha sonreído
a esta inglesa de 38 años. Nació sin ninguna de sus
extremidades superiores y con las piernas más cortas de lo
normal; sus padres la abandonaron y tuvo que pasar su
infancia en un colegio junto a otros niños minusválidos,
“éramos niños de exposición”. Sin embargo, no se resignó
y, con 19 años, viajó sola a Londres donde consiguió
diplomarse en Bellas Artes y convertirse en una pintora
reconocida. Ha tenido que soportar exclusiones y miradas
de rechazo por ser diferente, pero ha sabido ver el lado
positivo y ahora es feliz junto a su hijo de tres años.
“Vivo sin obligaciones, al día, ¿quién puede decir lo
mismo?”.
“Mi cuerpo es bello. No estoy acomplejada”. Alison va con
la cabeza bien erguida. Los músculos de su cuello son
poderosos y tiene un torso y unos pechos esculturales. Se
parece a la Venus esculpida en el mármol de Milo. “A ella
nunca le reprocharon ser una minusválida. ¿Por qué,
entonces, me lo reprochan a mí sin cesar? He aprendido a
amarme sola”, afirma. Y es que sus padres la abandonaron
cuando era muy pequeña y ha tenido que desenvolverse en la
vida sola y sin brazos. Sin embargo, nunca se ha
resignado. Algunos la califican de ángel. Pero ella
reniega de estos adjetivos: “¿Por qué colocar a los
minusválidos por encima o por debajo de los demás?
Calificarnos de monstruos o de ángeles es formular el
mismo insulto. Es excluirnos del mundo. Yo soy una mujer
sexuada, tan fuerte o tan débil como cualquiera. Igual de
buena o de mala”.
Alison
Lapper tiene 38 años. El pasado 7 de abril, con motivo de
su cumpleaños, viajó desde Inglaterra a París para cumplir
su deseo de subir a lo más alto de la Torre Eiffel. Iba
acompañada de su hijo Parys, de 3 años. Fue una gran
ascensión para una mujer que ha nacido sin brazos y con
dos piernas demasiado cortas.
Su niñez no fue fácil; tenía cuatro meses cuando su madre
aceptó verla por primera y última vez. A su padre no le
conoce. Eran obreros de una fábrica automovilística en el
condado de Yokshire y se separaron cuando ella nació.
También tiene una hermana, sin minusvalías, tres años más
mayor a la que apenas conoce. “Detesté ser niña”, afirma.
Del hospital en que nació fue directa al Schailey Heritage
Institute, en Sussex (Inglaterra). Allí pasó toda su
infancia rodeada de otros niños que se parecían a ella
físicamente. “Éramos varios niños sin miembros, a
consecuncia de la ola de la talidomida. Para nosotros era
difícil adquirir el equilibrio. No podíamos estar sentados
sin caernos y éramos incapaces de levantarnos. Entonces,
nos cogían y nos colocaban sobre un zócalo de escayola.
Éramos niños de exposición”, recuerda Alison sonriendo.
Desde que tenía tres meses han intentado implantarle
brazos y piernas artificiales. “Era pesado y poco
confortable. Con esos aparatos me sentía más torpe
todavía. Desde que supe hablar pedí que me los quitaran.
La gente abusa de su poder sobre los niños. De hecho, esas
prolongaciones no me las ponían tanto por mi bien cuanto
por el suyo”, afirma.
Cuando
cumplió 12 años comprendió realmente que era minusválida.
“Hasta entonces estuve demasiado ocupada siendo niña”.
Pero en este momento abandonó la niñez para adentrarse en
la pubertad y comenzó a comprender su diferencia. Con
violencia fue arrojada fuera de la infancia para
convertirse en una mujer; las líneas de su cuerpo
comenzaban a diseñarse y ella deseaba ser bella y
seductora. Sin embargo, supo salir adelante. “Tengo muchas
cosas que probar. Más que cualquier otra persona, así que
decidí tener una actitud positiva. Yo también tengo
derecho a ello, aunque tenga que estar continuamente
peleándome con las barreras y con los límites”, sentencia.
Su primera gran conquista fue la del mundo que se
desarrollaba fuera del instituto. “A los 19 años me fui
sola a Londres. En coche. Acababa de conseguir mi permiso
de conducir tres meses antes”. Alison se siente muy
orgullosa de este logro; de hecho, en su contestador
automático precisa: “No puedo responderle, quizás esté
conduciendo”. Aún recuerda aquella aventura: “Sabía que me
la estaba jugando. O la ciudad me salvaba o me mataba.
Viví momentos muy duros. Sólo tenía un amigo, Christian,
un negro enorme al que le debo muchas cosas. Él me ayudó a
encontrar un apartamento. Seguí unos cursos en el Art
College durante un año y, después, en el Hammermith
College en el oeste de Londres. Un curso, en el que,
evidentemente, era la única minusválida”. Tuvo que
enfrentarse a las exclusiones, los golpes bajos y las
miradas inquisitoriales que le lanzaban. “De pronto me
convertí en una excepción”. También en esta ocasión supo
ver el lado positivo: “La confrontación con el exterior
era necesaria para saber lo que podía aguantar. Para
conseguir mi propia autoestima. Me quedé cinco años en
Londres antes de conseguir, en i994, mi diploma en Bellas
Artes en la universidad de Brighton”.
Comenzó a pintar a los tres años. “Pinto con la boca a
golpe de pequeños movimientos secos de cabeza, como hacen
esos perros colocados en el salpicadero del coche”,
explica. Su pintura ha obtenido el reconocimiento y ha
sido premiada con la mayor condecoración de Inglaterra, el
Member of the British Empire (MBE) por los servicios
prestados al arte. Se la entregó la reina en persona. “No
sé cuáles son exactamente esos servicios. Tampoco sé quién
me propuso para este título. El voto es anónimo. Quiero
creer que sólo se ha juzgado mi trabajo artístico y no mi
deformidad”.
Las grandes culminaciones de su vida han sido la
maternidad y el alumbramiento. “Nunca pensé en ser madre.
Al ser inconcebible para los demás, había terminado por
serlo también para mí. Parys es un maravilloso accidente”,
confiesa. “No es una revancha. Es sólo mi milagro”. Alison
llevó a su hijo en su cuerpo de sólo unos cuantos
centímetros y dio a luz a un niño entero y rubito. “Había
un riesgo de herencia, pero no se sabía con exactitud. Los
médicos vigilaron la evolución del feto y desde la semana
24 supe que sería normal. Estaba contenta por él, porque
sé las dificultades vitales que uno tiene cuando es
físicamente diferente. Pero, en cualquier caso, lo habría
tenido igual. Pensar o decir lo contrario, ¿no sería
rechazar mi propia existencia?”. ¿El padre del niño? No
habla de él. “No se merece a Parys”. Alison se las apaña
sin él, como se las apañó, desde pequeña, sin sus padres.
“Mamá no tiene brazos”, dice Parys, sin connotación
positiva ni negativa. Quizás todavía no se dé cuenta de
las miradas que la gente lanza a su madre en la calle o en
la guardería cuando va a buscarle todos los días. “Quizás
un día se avergüence de mí. Parys tendrá su propia
experiencia de mi minusvalía en los prejuicios de la
gente. Sin duda se hundirá en sus miradas crueles. La
única prueba de amor que puedo darle es proporcionarle
todo el cariño y la autoestima que necesite. Eso es lo
único que cuenta. La única riqueza”, subraya Alison.
No se lamenta de su diferencia, “lo pago muy caro, pero
soy libre de ser como soy. ¿Quién puede decir lo mismo? No
tengo una función que cumplir ni estoy sujeta a un papel
determinado. Vivo sin obligaciones, al día”, afirma
mientras Parys, con sus pequeñas manos, le da masajes en
el cuello.
Desde hace cinco años vive en una casa que se compró en
Shoreham Beach, en Sussex. “Es la primera vez que me quedo
tanto tiempo en un lugar. Arreglé la casa, pero ya
comienzo a aburrirme”, dice esta eterna nómada. “Habría
sido yo misma con o sin mi minusvalía. Habría sido alguien
fuerte, de cualquier manera. Y quizás todavía más fuerte.
Sin duda me habría permitido más locuras, más instantes de
sinrazón. ¡Qué sé yo! Hay que estar ya loca para reconocer
la diferencia y reírse. También hay que estarlo para
alimentar, desde que nací, esta pulsión vital”.